A escasos metros por encima de la playa de Mogor, en el municipio pontevedrés de Marín, se encuentra grabado sobre la roca, uno de los petroglifos más reproducidos y analizados de toda Galicia y en un estado de conservación óptimo; el llamado “Laberinto de Mogor”.

En las cercanías, decenas de grabados rupestres se nos muestran esparcidos sobre las rocas.

Se puede acceder desde dos lugares, por  abajo desde la carretera de la playa o por  arriba, por la urbanización. Al lugar se accede por rampas y paseos acondicionados para la observación de los petroglifos.

A la gran roca, llamada “a Pedra dos Mouros”, donde está el mayor numero de petroglifos, se accede por una gran escalinata de madera que  agrede un poco al entorno. Otra roca recibe el nombre de “Pedra dos Campiños.

EL LABERINTO DE MOGOR MUESTRA EL EQUINOCCIO ACTUAL El laberinto de Mogor ha proporcionado la primera interpretación científicamente verificada de un petroglifo en Galicia.

El profesor vigués de matemáticas José Luis Galovart, ha abierto la interpretación astronómica de estos elementos del arte rupestre, después de comprobar que el mencionado laberinto señala el oeste estricto, que se corresponde al equinoccio actual (270°). Además, Galovart afirma que este petroglifo también muestra la desviación de los trece grados que existen entre el equinoccio actual y el de hace cuatro mil años, al que apunta su entrada con gran precisión.

Tal coincidencia en una misma pieza tiene una explicación para el investigador:«El saber astronómico de los constructores de Stonehenge va mucho mas allá del conocimiento de los movimientos anuales del sol, pero yo dudo de que supieran algo sobre la variación del punto de equinoccio. Lo mismo pienso en relación con Mogor o Valcamónica. En Mogor, el equinoccio en 270° lo que indica es una invocación al Atlántico »

Este profesor de matemáticas comenzó a interesarse por el arte rupestre hace algunos años, y fruto de aquel acercamiento es el libro “El laberinto atlántico”, publicado en el año 2001. «Ahora lo veo como un trabajo en muchas cosas inmaduro», reconoce el investigador. Sin embargo, aquella publicación le abrió un mundo nuevo a través de los contactos establecidos con otras personas interesadas en la relación del paisaje y la astronomía con la arqueología.

ENTRE ONS Y ONZA

«El laberinto de Mogor siempre ha sorprendido por su apariencia irregular y por estar su entrada cerrada y ligeramente desviada de la dirección oeste», explica.

En él hay cuatro pequeñas formas cuadrangulares que cierran su entrada, y sus centros determinan con el centro del laberinto distintos ángulos.El que está al norte de la entrada indica el oeste estricto, que corresponde al equinoccio actual (270°). Los otros tres señalan puntos de la costa que van desde el sur de la isla de Onza a la isla de Ons y la costa de Portonovo y Sanxenxo.

«Los constructores del laberinto plantearon un sencillo problema de proporcionalidad y tanteo para descubrir que su entrada apunta al canal entre Onza y Ons donde en aquella época se ponía el sol en el equinoccio, aunque hoy se pone el 23 de Febrero a las 20’16 con un tamaño de 02°, según los cálculos realizados por el físico suizo Leo Dubal», afirma José Luis Galovart.

Ocurre además que, desde la roca del laberinto, no se ve Onza porque la punta sur de la playa de Mogor lo impide; para verla, hay que ir a una roca mayor y con muchos grabados circulares, la Pedra dos Mouros, que está en el mismo lugar a unos 80 metros, pero en una pequeña loma y a unos 20 metros más de altura.

El descubrimiento surgió de forma casual, cuando José Luis Galovart quería hacer unas fotografías para enviar a un congreso internacional de arte rupestre. «Vi en la Pedra dos Mouros lo que parecía el alineamiento equinoccial de varios círculos, ya que mi sombra estaba paralela a ellos, así que se me ocurrió poner un palo en el centro del que estaba más al oeste, y la línea recta que provocaba unía los centros de cinco grabados geométricos notables», recuerda.

El profesor vigués quiso verificar este descubrimiento en otros petroglifos, algo que pudo comprobar en el Lombo da Costa (Cotobade) y en Verducido. «También aquellos días, el arqueólogo Pablo Novoa obtuvo unas magníficas líneas de sombra equinocciales en Gargamala (Mondariz)».

El profesor José Luis Galovart apunta que si algunas de las formas circulares de una roca indicaban el equinoccio, otras oblicuas a ellas podrían indicar los solsticios, abriéndose así la posibilidad de que el conjunto se tratase de un calendario, «o de dos calendarios, entre ellos, desfasados trece grados».«Estudio actualmente sus características y pienso que tanto en Mogor (Pedra dos Mouros) como en el Lombo da Costa (Cotobade) se trata más bien de una estructura con forma de calendario en la que se encaja el calendario real de la época», afirma, para añadir: «Esta estructura la determinan las formas circulares más notables y grandes y, desde la línea equinoccial, tiene una apertura comprendida entre cuarenta y cincuenta grados; para ser real, debería ser aproximadamente de treinta grados. Por esta razón, creo que el conjunto no obedece a una razón práctica de medir el tiempo, sino sagrada, artística y simbólica».

Estos primeros pasos son, según su autor, el inicio de un largo camino que la ciencia debe afrontar. «No dudo de que aparecerán cosas más complejas y que costará descifrar, pero habrá que trabajar mucho en los próximos meses y años; en mi opinión habría que hacer un plan de trabajo donde arqueólogos y topógrafos trabajaran unidos, sobre veinte o treinta grabados geométricos notables… Y medir, medir mucho», concluye.

Cronológicamente dichos grabados datan aproximadamente del 2000 a. c., es decir, en pleno neolítico. En el mismo, aparecen motivos diversos, aunque el principal es la famosa forma de laberinto, que ha traído a los historiadores múltiples quebraderos de cabeza sobre la interpretación de dichos grabados.

Respecto al significado de estos enigmáticos grabados esculpidos sobre las rocas al aire libre hay varias teorías; Según Fernández Gil, gran estudioso del tema, el simbolismo era rendir homenaje al héroe Teseo, que según las leyendas, dió muerte al terrible minotauro dentro de el laberinto en el palacio de Knossos, en Grecia .

Llegó a esta conclusión pues habiendo analizado el dibujo, lo encontró análogo al que figura en las monedas de Knossos (civilización Minoica).

En cambio, el doctor Pericot los interpreta como otra derivación del arte rupestre, tales como podían ser las pinturas de Altamira.

Otra de las muchas hipótesis es la del doctor Jesús Carballo que sostiene que son obra de primitivos celtas y tienen por origen el culto a los muertos constituyendo una de las mejores pruebas de la cultura de los túmulos.

Simbolicen lo que simbolicen, los laberintos de Mogor son una perfecta representación de laberinto “clásico” o cretense, característico por sus siete anillos concéntricos.

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