Cuenta la leyenda que en un principio llegaron tres tribus: gigantes, enanos y hombres medianos. Los primeros en reinar fueron los gigantes, que construyeron el perdedero para que Itzam Cab Aín —el monstruo del laberinto, su Minotauro particular, ya que todo buen laberinto debe contar con su monstruo guardián— guardase el conocimiento y el poder. Pero los gigantes fueron derrotados por los enanos, que no difirieron en conducta; por eso fue necesaria la aparición del héroe salvador. En los mitos siempre encontramos héroes; seres sobrehumanos que sólo existían en la medida en que fueran mantenidos vivos por medio de ritos, en los cuales debían seguir los pasos del protagonista, en este caso Cham Tzim, que bajó al Xibalbá (parte subterránea del laberinto y nombre del infierno maya) para matar al monstruo y resucitar. A salvo de la contingencia, la sociedad logra adaptarse a su entorno y funda sobre el caos divino el orden humano que deberán renovar cada cierto tiempo en sus ritos, máxima expresión de los mitos. La perfección de sus formas delatada por los restos arqueológicos hace posible que nos unamos a Umberto Eco cuando pone en boca de uno de sus protagonistas las siguientes palabras: … “Son muchos y muy sabios los artificios que se utilizan para defender este sitio consagrado al saber prohibido. La ciencia usada, no para iluminar, sino para ocultar […]”